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El camino no elegido

Dos caminos divergieron en un bosque dorado,
y yo sufrí por no poder viajar por ambos.
Siendo un viajero solitario, permanecí ahí un largo rato
y miré por uno tan lejos como pude y con algo de arrebato,
hasta donde se sesgaba en la espesura.
Pero luego tomé el otro, igual al primero en belleza,
y me parece que tal vez elegí con certeza,
porque en él la hierba era tupida y anhelaba ser pisada
a pesar de que en aquella encrucijada
los que habían pasado los habían desgastado casi por igual.

Y aquella mañana los dos yacían de forma similar,
ninguna pisada había ennegrecido totalmente las hojas.
Pero ¡dejé el primero para otro día!
Y sabiendo cómo el camino nos lleva por la vida,
dudé si alguna vez regresaría.

Diré esto con un suspiro
a siglos y siglos del camino;
dos caminos se separaron en un bosque, y yo…
yo tomé el menos transitado,
y eso marcó la diferencia.

Robert Frost

 

Bajo mi mirada, cada camino de Frost representa un prototipo de persona. Aquella que cree firmemente en la idea de que el Estado, el gobierno, para el que directa o indirectamente trabaja, la sociedad o su empresa han de ocuparse de ella y de sus necesidades; y la que decide optar por la independencia, no solo en el aspecto económico, y critica aquello de «tengo derecho a». La primera se preocupa por la estabilidad de su empleo, por su cotización, por sus vacaciones y días de permiso, etc. La segunda, por cómo tener control sobre todo ello sin que otros lo dispongan. Ésta quizá sea una visión algo generalizada, pero el resumen básico es ese.

Ambas ideas son plausibles y cada individuo debe encontrar su «fórmula». Aunque, evidentemente, la primera es la más extendida, la más arraigada en nuestra sociedad. «Estudia y saca buenas notas para después encontrar un buen empleo que pague tus facturas y tu jubilación». Sin lugar para decidir, para la diversión o la creatividad. Un camino preestablecido, recto y seguro. Pero que conduce a la sociedad a la inevitable desazón que genera la rutina, levantarte día tras día durante los próximos 30 o 40 años sabiendo exactamente cómo será tu jornada.

Escribo estas palabras instantes después de concluir la lectura de Padre Rico, Padre Pobre. Efectivamente, no ha hecho más que afianzar mi pertenencia, o al menos mi intención de pertenecer, a la segunda clase. Pues siempre me he sentido inclinada, como seguro muchos de los que estén leyendo esto, hacia el pensamiento o modo de vivir «independiente» de esas otras personas. Gente que osa modificar las reglas, que trata de cambiar aquello que los demás dan por supuesto. Que se detiene en esa bifurcación y formula la pregunta: ¿qué sucedería si hago lo contrario?

Porque con Robert Kiyosaki difiero en querer comprarme un Porsche pero coincido en que precisaré de «inteligencia financiera» para lograr mis objetivos, con esto último me quedo por encima de todo lo demás. Con no conformarse con ir por el primer camino porque es el más transitado y porque, al fin y al cabo, así nos lo enseñaron. Con la curiosidad de querer comprobar qué hay en el segundo. Pese a que implique un esfuerzo mayor el decidir y no dejarse llevar por la comodidad de que otros lo hagan por ti.

Pues el segundo camino resulta intrigante, emocionante e infinitamente más entretenido. Porque es un proceso de aprendizaje continuo y fascinante. Como Kiyosaki dice «porque, muy a mi discreta manera, me gustaría ser parte de esta inusitada evolución de la humanidad: la era en que los humanos trabajan sólo con sus mentes y no con sus cuerpos. Además, ahí es donde está la acción. Esto es lo que está sucediendo. Está de moda. Es aterrador. Y muy divertido».

 

«Soy un idealista. No sé dónde voy pero estoy en el camino».

Carl Sandburg

Y tú, ¿qué camino escogiste? ¿A qué prototipo perteneces?

 

Fuente fotografía: Elisabeth Lahoz, Irlanda.

 

Autora:

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Me llamo Elisabeth Lahoz. Soy redactora freelance y ambientóloga. Escribo para ganarme una vida a mi manera.

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