Noticias sobre temperaturas récord, especies amenazadas, contaminación, pérdida de biodiversidad, fenómenos extremos… Ante tal acumulación de problemas, resulta difícil no caer en la desesperanza. Cunde la sensación de que el deterioro ambiental es inevitable y hay poco que podamos hacer.
Esta nueva serie «El día en que…» mira en la otra dirección. No es mi intención ofrecer un optimismo ingenuo ni rebajar la gravedad de la actual crisis climática y ambiental; lo que quiero es recordar momentos en los que la ciencia detectó un peligro, la sociedad reaccionó y los gobiernos tomaron decisiones que modificaron su trayectoria. Rememorar descubrimientos que cambiaron nuestra percepción del planeta, personas visionarias o acuerdos que marcaron un antes y un después en la historia medioambiental.
Y pocas historias representan mejor esa posibilidad que la de la capa de ozono. La suya no fue una victoria sencilla ni definitiva. Pero muestra que cuando el conocimiento científico deriva en acuerdos políticos, normas exigibles, financiación e innovación, actuar sí que sirve.
Unos gases que resultaron no ser tan inofensivos
Empecemos por la protagonista de la historia. La capa de ozono es esa zona de la estratosfera situada desde los 15 a los 50 kilómetros de altitud que actúa como un filtro frente a buena parte de la radiación ultravioleta del sol. Sin su protección, se verían afectados los cultivos, numerosos ecosistemas y en nosotros los humanos aumentaría el riesgo de cáncer de piel o de cataratas.
Pues bien, durante décadas los clorofluorocarbonos (CFC) se consideraron sustancias «ideales»: eran estables, poco inflamables y poco tóxicas, aparentemente. Así que comenzamos a utilizarlas en frigoríficos, aparatos de aire acondicionado, aerosoles, espumas y muchos procesos industriales.
Pero precisamente una de sus ventajas, su estabilidad, escondía un problema. Los CFC podían permanecer en la atmósfera el tiempo suficiente para alcanzar la estratosfera. Una vez allí, la radiación solar liberaba los átomos de cloro que contenía, capaces de destruir moléculas de ozono mediante una cadena de reacciones químicas.
Mario Molina y Sherwood Rowland hablaron por primera vez de este mecanismo en un artículo publicado en Nature en 1974. Estos científicos habían descubierto que unos compuestos aparentemente inocuos cerca del suelo podían provocar daños a decenas de kilómetros de altura.
De la alarma científica a intereses económicos
Aquella advertencia no se tradujo en una respuesta unánime inmediata. Investigar la estratosfera era complejo, las concentraciones de ozono variaban de forma natural y persistían incertidumbres sobre la magnitud real del daño. Con todo, hubo quien decidió dar un paso.
En 1976, la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos respaldó la hipótesis de Molina y Rowland. Algunos países comenzaron a limitar los CFC empleados en aerosoles. La industria química, por su parte, sostenía que las pruebas eran aún insuficientes para justificar medidas costosas, tal como recoge esta revisión histórica de la Sociedad Estadounidense de Química.
Las empresas que fabricaban CFC podían perder mercado, pero aquellas capaces de desarrollar sustitutos también podían obtener una ventaja. Un análisis sobre la estrategia de DuPont muestra cómo la disponibilidad de alternativas y la expectativa de futuras regulaciones contribuyeron a cambiar las posiciones dentro del propio sector.
Un agujero que no debería estar ahí
La señal más contundente llegó en 1985. Joe Farman, Brian Gardiner y Jon Shanklin, investigadores del British Antarctic Survey, comprobaron que la concentración de ozono descendía considerablemente cada primavera sobre la Antártida. Aquel fenómeno era lo que pronto conoceríamos como «el agujero de la capa de ozono».
Las observaciones desde tierra llevaban años mostrando esa tendencia. En el 86, los datos de los satélites de la NASA confirmaron que no se trataba de un fenómeno local; aquello era una alteración a escala continental.*
El agujero no era una abertura literal en la atmósfera, sino una reducción extrema de la concentración de ozono. Pero aquella imagen consiguió hacer visible una amenaza que hasta entonces nos resultaba algo abstracta.
* NASA Ozone Watch, History of the Ozone Hole.
El acuerdo que cambió el rumbo
La cooperación internacional había dado comienzo. La Convención de Viena, aprobada en marzo de 1985, estableció un marco para vigilar e intercambiar información, aunque no fijó límites a los CFC. El paso decisivo llegó el 16 de septiembre de 1987 con la aprobación del Protocolo de Montreal.
Si bien la versión inicial del acuerdo era modesta —establecía la congelación y reducción gradual de determinadas sustancias—, se acordó su endurecimiento conforme la ciencia y la tecnología avanzaran. Incorporó calendarios obligatorios y medibles, controles comerciales, comunicación anual de datos y plazos distintos para países desarrollados y en desarrollo.
Gracias a sus sucesivas ampliaciones, el Protocolo ha permitido eliminar alrededor del 98 % de las sustancias reguladas que agotan el ozono, según el PNUMA. Siendo además uno de los pocos tratados con ratificación universal.

Una historia de éxito, con matices
Las primeras señales de recuperación ya son observables. No obstante, muchos CFC permanecen en la atmósfera durante décadas o incluso siglos. También siguen presentes en antiguos equipos, espumas aislantes o vertederos.
La última gran evaluación científica internacional estima que, de mantenerse las políticas actuales, la capa de ozono podría recuperar los valores de 1980 hacia 2040 en gran parte del planeta, alrededor de 2045 en el Ártico y aproximadamente en 2066 sobre la Antártida.
El agujero antártico de 2025 fue el quinto más pequeño desde 1992, según informaron la NASA y la NOAA. Aun así, su extensión media superó los 18 millones de kilómetros cuadrados. Tampoco todas las soluciones fueron perfectas. Algunos sustitutos de los CFC, como los HFC, no destruyen el ozono pero son potentes gases de efecto invernadero. La Enmienda de Kigali de 2016 incorporó su reducción progresiva.

La capa de ozono no se ha recuperado del todo, ha variado su trayectoria. La crisis en torno a ella no está resuelta por completo ni es una fórmula que pueda trasladarse sin más a problemas más complejos, como el cambio climático. Pero sí nos deja un mensaje esperanzador: la humanidad no esperó a que desaparecieran todas las incertidumbres; midió el problema y actuó cuando la evidencia lo exigía.
Imagen de cabecera: Extensión del agujero de ozono sobre la Antártida el 9 de septiembre de 2025, día en que alcanzó su tamaño máximo anual. Crédito: NASA Earth Observatory/Lauren Dauphin.
Acerca de la autora:

Me llamo Elisabeth Lahoz, soy ambientóloga y redactora freelance. Escribo para ganarme una vida a mi manera.
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