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El día en que

El día en que proteger la naturaleza se convirtió en un asunto mundial

La contaminación cruzaba fronteras. Los daños podían afectar a quienes vivían a cientos o incluso miles de kilómetros de donde se originaban. Ningún país podía ocuparse de todo por sí solo; necesitábamos respuestas conjuntas ante los crecientes problemas ambientales.

1972 fue un momento crucial en la historia medioambiental. La protección de la naturaleza tenía ya una larga historia, pero aquel año en Estocolmo adquirió una nueva dimensión: por vez primera, el medioambiente era el tema central en una conferencia mundial de las Naciones Unidas. Estocolmo 1972 marcó el inicio de la cooperación ambiental internacional.

Las señales de alerta previas a Estocolmo

La actividad humana transformaba el entorno a gran velocidad. Polución, vertidos de petróleo, deforestación, desaparición de especies… El crecimiento económico traía mejoras evidentes, pero también un deterioro ambiental al que convenía prestar atención.

En 1962, una década antes de la conferencia, la bióloga y escritora Rachel Carson había publicado Primavera silenciosa. El libro documentaba los daños que el uso indiscriminado de pesticidas podía ocasionar en la naturaleza y la salud humana. Carson acercó esas advertencias científicas a la sociedad despertando una preocupación ambiental más allá de los círculos especializados.

Diez años más tarde, en 1972, el informe Los límites del crecimiento, elaborado por un equipo del Instituto Tecnológico de Massachusetts por encargo del Club de Roma, llevó al debate público otra cuestión: ¿qué sucederá si la población mundial y el consumo de recursos siguen creciendo en un planeta finito?

Mediante modelos informáticos, sus autores exploraron cómo interactuaban factores como la industrialización, la producción de alimentos y la contaminación. Sus escenarios advertían de los riesgos de mantener aquella tendencia y planteaban la posibilidad de modificar el rumbo. Más que predecir una «fecha de no retorno», el documento era una invitación a analizar las consecuencias de nuestras acciones.

En aquel clima de inquietud, representantes de numerosos países se dispusieron a viajar a la capital sueca para hacer un primer balance de los efectos de nuestra actividad en el medioambiente global. La cuestión ambiental dejaba de ser una mera suma de problemas aislados para convertirse en un desafío compartido.

Rachel Carson en 1944. Su libro Primavera silenciosa, publicado en 1962, despertó la preocupación pública por los efectos de los pesticidas sobre el medioambiente y la salud humana. Crédito: U.S. Fish and Wildlife Service.

Estocolmo 1972: el medioambiente en la agenda mundial

La Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Medio Humano se celebró del 5 al 16 de junio de 1972 y en ella participaron representantes de 113 Estados. Más de un centenar de países con situaciones económicas e intereses muy dispares.

En el encuentro se abordó la relación entre desarrollo y medioambiente, pues proteger el entorno requería tener en cuenta también cómo vivían las personas y qué oportunidades tenían para mejorar sus condiciones de vida.

La Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Medio Humano de 1972, celebrada en Estocolmo (Suecia), marcó un hito en la cooperación internacional y abrió caminos para acuerdos decisivos en materia de medioambiente.

Al finalizar la conferencia se aprobó la Declaración de Estocolmo, formada por 26 principios. El texto hablaba de responsabilidad hacia el medioambiente, tanto de las generaciones presentes como de las futuras, y de la necesidad de cooperar entre países para preservarlo y mejorarlo.

El valor de aquella declaración radicó en establecer una base común desde la que poder debatir y poner en marcha políticas ambientales. El mundo contaba, a partir de ahora, con un espacio para abordar conjuntamente una cuestión que trascendía las fronteras nacionales.

Vista de Estocolmo en el verano de 1972, año en que la ciudad acogió la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Medio Humano. Fotografía: Szilas / Wikimedia Commons.

Una cooperación organizada

Para actuar ante un problema compartido, para poder convertir la voluntad política en medidas concretas, nos hacían falta herramientas: datos comparables, espacios donde negociar responsabilidades, equipos capaces de mantener el trabajo en el tiempo… Y en la reunión de Estocolmo se fabricaron algunas de esas herramientas.

Uno de los resultados más importantes de Estocolmo fue la creación, ese mismo año, del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA). Aunque pueda parecer algo meramente institucional, suponía contar por primera vez con un organismo dedicado al medioambiente. A estudiar su estado, acercar el conocimiento científico a las decisiones y coordinar las respuestas.

«Después de Estocolmo aumentó enormemente el interés mundial por las cuestiones ambientales, y se intensificó también la actividad legisladora en materia de derecho ambiental internacional».

Günter Handl, profesor de Derecho Internacional Público en la Universidad de Tulane (Luisiana, Estados Unidos).*

En las décadas posteriores, el PNUMA contribuyó a desarrollar acuerdos como el Protocolo de Montreal de 1987, para proteger la capa de ozono; el Convenio de Basilea de 1989, sobre los movimientos transfronterizos de residuos peligrosos y su eliminación, o el Convenio de Minamata de 2013, para proteger la salud y el medioambiente frente al mercurio.

La conferencia también impulsó la creación de otros organismos y ministerios ambientales en distintos países y abrió paso a una cooperación internacional más organizada.

*Biblioteca Audiovisual de Derecho Internacional de las Naciones Unidas, 2012, p. 1.

Una responsabilidad compartida que sigue vigente

Más de medio siglo después, seguimos afrontando graves crisis como la climática, la crisis de biodiversidad, el deterioro de los ecosistemas o la contaminación del aire, el agua y los océanos. Problemas, la mayoría compartidos, que requieren respuestas conjuntas.

Las conferencias de las partes, conocidas como COP, de los convenios sobre diversidad biológica y cambio climático son algunos de esos espacios de cooperación que en 1972 estaban tomando forma. Aunque cada proceso tiene sus propias singularidades, todos recogen una necesidad que la reunión de Estocolmo situó en primer plano: juntar a países con prioridades diferentes para abordar la gestión de un medioambiente común.

Si bien sentarnos a la misma mesa no garantiza alcanzar acuerdos ni cumplirlos, lo hicimos. Resolvimos sentarnos. Y sin Estocolmo, sin objetivos ni metas comunes, sin mecanismos de cooperación ambiental internacional, la que venimos contando después sería sin duda una historia mucho peor.

Imagen de cabecera: La Tierra fotografiada por la tripulación del Apolo 17 el 7 de diciembre de 1972. La imagen, conocida como The Blue Marble, fue tomada seis meses después de la Conferencia de Estocolmo. Crédito: NASA / tripulación del Apolo 17.


Acerca de la autora:

Me llamo Elisabeth Lahoz, soy ambientóloga y redactora freelance. Escribo para ganarme una vida a mi manera.

Si lo deseas, puedes contactar conmigo en LinkedIn, X (Twitter), Bluesky o mediante correo electrónico.

El día en que el mundo decidió salvar la capa de ozono

Noticias sobre temperaturas récord, especies amenazadas, contaminación, pérdida de biodiversidad, fenómenos extremos… Ante tal acumulación de problemas, resulta difícil no caer en la desesperanza. Cunde la sensación de que el deterioro ambiental es inevitable y hay poco que podamos hacer.

Esta nueva serie «El día en que…» mira en la otra dirección. No es mi intención ofrecer un optimismo ingenuo ni rebajar la gravedad de la actual crisis climática y ambiental; lo que quiero es recordar momentos en los que la ciencia detectó un peligro, la sociedad reaccionó y los gobiernos tomaron decisiones que modificaron su trayectoria. Rememorar descubrimientos que cambiaron nuestra percepción del planeta, personas visionarias o acuerdos que marcaron un antes y un después en la historia medioambiental.

Y pocas historias representan mejor esa posibilidad que la de la capa de ozono. La suya no fue una victoria sencilla ni definitiva. Pero muestra que cuando el conocimiento científico deriva en acuerdos políticos, normas exigibles, financiación e innovación, actuar sí que sirve.

Unos gases que resultaron no ser tan inofensivos

Empecemos por la protagonista de la historia. La capa de ozono es esa zona de la estratosfera situada desde los 15 a los 50 kilómetros de altitud que actúa como un filtro frente a buena parte de la radiación ultravioleta del sol. Sin su protección, se verían afectados los cultivos, numerosos ecosistemas y en nosotros los humanos aumentaría el riesgo de cáncer de piel o de cataratas.

Pues bien, durante décadas los clorofluorocarbonos (CFC) se consideraron sustancias «ideales»: eran estables, poco inflamables y poco tóxicas, aparentemente. Así que comenzamos a utilizarlas en frigoríficos, aparatos de aire acondicionado, aerosoles, espumas y muchos procesos industriales.

Pero precisamente una de sus ventajas, su estabilidad, escondía un problema. Los CFC podían permanecer en la atmósfera el tiempo suficiente para alcanzar la estratosfera. Una vez allí, la radiación solar liberaba los átomos de cloro que contenía, capaces de destruir moléculas de ozono mediante una cadena de reacciones químicas.

Mario Molina y Sherwood Rowland hablaron por primera vez de este mecanismo en un artículo publicado en Nature en 1974. Estos científicos habían descubierto que unos compuestos aparentemente inocuos cerca del suelo podían provocar daños a decenas de kilómetros de altura.

De la alarma científica a intereses económicos

Aquella advertencia no se tradujo en una respuesta unánime inmediata. Investigar la estratosfera era complejo, las concentraciones de ozono variaban de forma natural y persistían incertidumbres sobre la magnitud real del daño. Con todo, hubo quien decidió dar un paso.

En 1976, la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos respaldó la hipótesis de Molina y Rowland. Algunos países comenzaron a limitar los CFC empleados en aerosoles. La industria química, por su parte, sostenía que las pruebas eran aún insuficientes para justificar medidas costosas, tal como recoge esta revisión histórica de la Sociedad Estadounidense de Química.

Las empresas que fabricaban CFC podían perder mercado, pero aquellas capaces de desarrollar sustitutos también podían obtener una ventaja. Un análisis sobre la estrategia de DuPont muestra cómo la disponibilidad de alternativas y la expectativa de futuras regulaciones contribuyeron a cambiar las posiciones dentro del propio sector.

La advertencia de los científicos no se tradujo en una respuesta inmediata: también había intereses económicos en juego.

Un agujero que no debería estar ahí

La señal más contundente llegó en 1985. Joe Farman, Brian Gardiner y Jon Shanklin, investigadores del British Antarctic Survey, comprobaron que la concentración de ozono descendía considerablemente cada primavera sobre la Antártida. Aquel fenómeno era lo que pronto conoceríamos como «el agujero de la capa de ozono».

Las observaciones desde tierra llevaban años mostrando esa tendencia. En el 86, los datos de los satélites de la NASA confirmaron que no se trataba de un fenómeno local; aquello era una alteración a escala continental.*

El agujero no era una abertura literal en la atmósfera, sino una reducción extrema de la concentración de ozono. Pero aquella imagen consiguió hacer visible una amenaza que hasta entonces nos resultaba algo abstracta.

* NASA Ozone Watch, History of the Ozone Hole.

El acuerdo que cambió el rumbo

La cooperación internacional había dado comienzo. La Convención de Viena, aprobada en marzo de 1985, estableció un marco para vigilar e intercambiar información, aunque no fijó límites a los CFC. El paso decisivo llegó el 16 de septiembre de 1987 con la aprobación del Protocolo de Montreal.

Si bien la versión inicial del acuerdo era modesta —establecía la congelación y reducción gradual de determinadas sustancias—, se acordó su endurecimiento conforme la ciencia y la tecnología avanzaran. Incorporó calendarios obligatorios y medibles, controles comerciales, comunicación anual de datos y plazos distintos para países desarrollados y en desarrollo.

Cuando el conocimiento científico deriva en acuerdos, normas exigibles y financiación, actuar sirve.

Gracias a sus sucesivas ampliaciones, el Protocolo ha permitido eliminar alrededor del 98 % de las sustancias reguladas que agotan el ozono, según el PNUMA. Siendo además uno de los pocos tratados con ratificación universal.

Simulación de la concentración de ozono en 2065: el escenario previsto tras la regulación de los CFC, a la izquierda, frente al mundo que se habría producido sin ella, a la derecha. Crédito: NASA/Goddard Space Flight Center Scientific Visualization Studio.

Una historia de éxito, con matices

Las primeras señales de recuperación ya son observables. No obstante, muchos CFC permanecen en la atmósfera durante décadas o incluso siglos. También siguen presentes en antiguos equipos, espumas aislantes o vertederos.

La última gran evaluación científica internacional estima que, de mantenerse las políticas actuales, la capa de ozono podría recuperar los valores de 1980 hacia 2040 en gran parte del planeta, alrededor de 2045 en el Ártico y aproximadamente en 2066 sobre la Antártida.

Cambiar el rumbo del deterioro fue posible. Completar la recuperación requiere tiempo y mantener las medidas.

El agujero antártico de 2025 fue el quinto más pequeño desde 1992, según informaron la NASA y la NOAA. Aun así, su extensión media superó los 18 millones de kilómetros cuadrados. Tampoco todas las soluciones fueron perfectas. Algunos sustitutos de los CFC, como los HFC, no destruyen el ozono pero son potentes gases de efecto invernadero. La Enmienda de Kigali de 2016 incorporó su reducción progresiva.

Evolución del área máxima anual del agujero de ozono antártico entre 1979 y 2025. Las oscilaciones entre años conviven con una tendencia de recuperación a largo plazo. Crédito: NASA Scientific Visualization Studio.

La capa de ozono no se ha recuperado del todo, ha variado su trayectoria. La crisis en torno a ella no está resuelta por completo ni es una fórmula que pueda trasladarse sin más a problemas más complejos, como el cambio climático. Pero sí nos deja un mensaje esperanzador: la humanidad no esperó a que desaparecieran todas las incertidumbres; midió el problema y actuó cuando la evidencia lo exigía.

Imagen de cabecera: Extensión del agujero de ozono sobre la Antártida el 9 de septiembre de 2025, día en que alcanzó su tamaño máximo anual. Crédito: NASA Earth Observatory/Lauren Dauphin.


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Me llamo Elisabeth Lahoz, soy ambientóloga y redactora freelance. Escribo para ganarme una vida a mi manera.

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